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Esclavismo

Etiquetado en : Política
Publicado: 13-08-2013
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En los últimos días Christine Lagarde, lideresa del FMI, y Olli Rehn, comisario de la UE, se han despachado con unas declaraciones en las que piden una bajada de salarios del 10% en España, bajo el peregrino argumento (no hay un solo estudio científico que los respalde) de que ello produciría la reactivación económica y reduciría el paro.

Sin entrar en el efecto que tendría sobre un mercado interior absolutamente destrozado por la sistemática pérdida de poder adquisitivo y en el claro riesgo de acabar provocando la depauperización final de la población española o incluso la hambruna (ésta podría combatirse asando a altos funcionarios del FMI y la UE en espetones, como los cruzados hacían con los sarracenos, así que no es preocupante), una primera cuestión se me plantea: Si las medidas impuestas hasta ahora bajo la coacción de tan excelsos esbirros del capital no han servido para atajar la llamada crisis, ¿por qué iba a servir ésta? No nos engañemos, ninguna de las medidas propuestas por los gestores del capitalismo van dirigidas a mejorar las condiciones de vida de la población. Su única finalidad es garantizar el mantenimiento de los privilegios de propiedad de la minoría hegemónica.

La reducción de unas ya paupérrimas rentas del trabajo en España llevaría a los trabajadores españoles a trabajar por lo mínimo (como sucede ya en muchos casos) volviendo a una situación de explotación laboral absoluta próxima a la esclavitud, en la cual los trabajadores recibirían lo imprescindible para su mera supervivencia (nuestros vecinos portugueses destinan ya el 84% de su renta a alimentación y bebida). Se vuelve a relaciones laborales del siglo XIX, abonadas por las “reformas” emprendidas por el gobierno cleptocrático del Partido Popular, las cuales no sólo hacen desaparecer los más elementales derechos laborales y sociales (bajo el mantra extendido por los medios de comunicación de que los trabajadores son vagos, improductivos, aprovechados, etc.) sino que han garantizado una sistemática subida del coste de la vida y la pérdida de poder adquisitivo.

Esta situación, que objetivamente debería producir un estallido social o un proceso revolucionario como es debido, se ve contenida por dos factores: la fetichización del trabajo -ha pasado de un mal inevitable a ser un bien escaso-; y los mitos y terrores de las capas medias.

Respecto a la elevación del trabajo a la condición de fetiche no cabe duda alguna; el desarrollo de los medios productivos no ha ido acompañado de una verdadera transformación en las relaciones de producción, de tal modo que bajo el esquema dominante se precisa menos mano de obra, lo que lleva a una escasez de puestos de trabajo retribuidos. Dicha situación objetiva se adereza con un clima social impuesto por los medios de comunicación en la cual quien tiene trabajo (aunque sea con jornadas de 12 horas y por 500 euros) es un afortunado. Quejarse del trabajo en régimen de explotación laboral absoluta es poco menos que un sacrilegio e incluso lamentarse del cada vez más frecuente “trabajo pero no me pagan” es un pecado, porque “afortunado tú, que al menos trabajas.” De esta situación de fetichización proceden fenómenos tan curiosos como la sustitución de mano de obra asalariada por “voluntarios” que no cobran, etc.

La condición de fetiche del trabajo provoca una situación de angustia del que tiene trabajo, ya que se le hace creer que es un privilegiado frente a otros muchos que no lo tienen. Eso supone que en lugar de ver a otros trabajadores como compañeros los ve como adversarios y a los parados directamente como hienas o sucios hobbits dispuestos a arrebatarle su tesoro. La hegemonía ha introducido así una profunda lanza en la conciencia de clase, fracturando a la clase obrera.

A ello contribuye también otro elemento cultural cada vez más acentuado y difundido: el mito de la clase media y, como su inevitable consecuencia, el terror o pánico de la capas medias.

La hegemonía ha insistido ad nauseam en desligar de la clase obrera a toda una serie de profesionales liberales, funcionarios o miembros de la aristocracia obrera, que formarían la llamada clase media junto con los pequeños empresarios o autopatronos. Estas capas medias de la clase trabajadora que no dejan de vender su fuerza de trabajo (sea este manual o intelectual), junto con la pequeña burguesía, no pasan de ser -en el mejor de los casos- explotadores-explotados. La hegemonía, mediante su sistemático mensaje de que son una clase distinta y mediante la reiterada criminalización de la clase obrera (términos como cani o choni forman parte de esa estrategia) ha introducido otra cuña más contra la conciencia de clase. Por una parte existe una falta de conciencia de clase mediante la negación de la condición de trabajador y la asunción de pertenecer a una supuesta clase superior (la clase media); por otra, la criminalización y el desprecio de las amplias capas de los trabajadores que no son “clase media” genera tanto una reafirmación de la propia convicción de ser algo distinto como el terror a verse sumido en esa condición.

Ese último factor (el pánico a dejar de pertenecer a la “clase media”) genera una perversa solidaridad con la clase hegemónica y privilegiada, ya que en su ignorancia inducida estas capas medias creen que el enemigo es ese cani que puede acabar con su bienestar material (relativo, pero bienestar, al fin y al cabo). Sin embargo, la cruda realidad demuestra que es justamente la hegemonía quien está acabando con ese relativo bienestar y que las capas medias, espoleadas por el pánico a dejar de ser “clase media”, están siendo usadas como estilete para laminar la capacidad de lucha de los trabajadores.

En esa estrategia del terror se explican perfectamente no sólo las últimas declaraciones sino en general todas las apreciaciones, propuestas, etc. que provienen de los altavoces del capital. Realmente lo que se pretende es continuar haciendo cundir el pánico entre la población en una estrategia deliberada destinada a transformar España, al igual que otros países del Sur de la UE, en un proveedor de mano de obra barata y dócil. Se pretende la castración y doma mediante la vieja amenaza del hambre.

En esta tesitura la pregunta inevitable es: ¿Puede una “izquierda” oficial afrontar las tareas del momento? Desafortunadamente, no. No es una cuestión de buena voluntad o de buenas intenciones (el infierno está lleno de buenas intenciones y el cielo de buenas obras), es una cuestión de cosmovisión. La izquierda oficial y oficialista está empapada (y a veces empanada) de una visión socialdemócrata que ha venido a considerar el Estado Social y Democrático, también llamado Estado del Bienestar, no como una coyuntura histórica resultado de la correlación de fuerzas en la lucha de clases en un momento determinado, sino como una suerte de estadio final de la evolución política, que una vez alcanzado es irreversible porque ha sido sacralizado en determinados textos legales.

Si nuestra izquierda oficial no hubiera olvidado a Marx o al menos lo hubiera leído alguna vez, habría comprendido que los pactos con la hegemonía no son pactos entre caballeros y que el llamado pacto social no es más que una ritualización vacua que opera como antesala de la puñalada.

Si el gran capital permitió el invento del Estado del Bienestar fue como maniobra táctica para recomponer fuerzas y volver a la carga con una ideología y una praxis dirigida a dinamitar los logros de la lucha obrera mediante la extirpación de la conciencia de clase. Pinochet, un demócrata de toda la vida, tenía la declarada intención de acabar con la clase obrera chilena y transformando a los chilenos en emprendedores. Una política que compartía también Margaret Thatcher, enemiga declarada de la clase obrera británica y defensora a ultranza de la desindustrialización.

Así las cosas, una reconstrucción de las fuerzas de izquierda, basada no en mitos burgueses sino en el análisis racional y consciente de la realidad, en la recuperación de la conciencia de clase mediante la pedagogía política, y en la vinculación impostergable con el programa máximo será la única que permita afrontar la tarea de combatir un sistema injusto que pretende reducirnos a la servidumbre.
José Luis Valcarce Rodríguez
José Luis Valcarce Rodríguez
(Pontevedra, 1980) es abogado, especialista en Derecho Tributario. Militante del PSdeG-PSOE desde 1998 y antiguo militante de Xuventudes Socialistas de Galicia, ha desempeñado diversas responsabilidades orgánicas en ambas organizaciones. Actualmente forma parte de la corriente Izquierda Socialista, de cuya coordinadora en Galicia es miembro, ejerciendo como portavoz. Ha colaborado con diversos medios de comunicación y es miembro del staff de literatura de fantasymundo.com.