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¿Y si la crisis española fuera permanente?

Etiquetado en : Política , Economía
Publicado: 26-07-2013
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Hace poco tuve ocasión de preguntarle a un periodista especializado en economía si se le ocurría algún antecedente histórico de un país equiparable al nuestro en una situación económica asimilable a la nuestra. La pregunta era retórica, de esas para las que uno ya conoce la respuesta, que en este caso era que no, aunque él se esforzó por buscar paralelismos con otros países hasta desistir.

España, como país desarrollado en declive, es uno de los bancos de pruebas económicos de nuestro tiempo y en España confluyen hoy casi todos los males económicos simultáneamente y de forma intensa: 27 % de paro (la tasa más alta de la OCDE, cuya media está en el 8%), endeudamiento total (público + privado) superior al 400% del PIB, un déficit público (que se financia con endeudamiento) que se resiste a bajar del 7% después de haber recortado todo lo que este gobierno ha podido recortar, montones de entidades financieras zombies que no dan crédito y más de 220.000 empresas de todos los tamaños desaparecidas desde que empezó la crisis.

La situación ha cogido con el pie cambiado a nuestra inefable clase política, acostumbrada a gestionar (mal) la abundancia pasada y a la que estas cosas tan complicadas de la economía le suenan a chino mandarín. El gobierno de ZP se pasó un par de años hablando de brotes verdes, con convicción e intensidad progresivamente decrecientes, y el de Rajoy ha empezado también a atisbar sus propios brotes (se supone que azules). El problema es que no existe una base racional para afirmar que vaya a existir una recuperación real ni este año ni el que viene ni en algún momento previsible del futuro.

La doble crisis española, financiera e inmobiliaria, enmascara un problema de falta estructural de competitividad de nuestra economía que se reflejó reiteradamente durante años en nuestra balanza de pagos, con grandes déficits anuales que fueron compensándose a base de endeudamiento y entradas de capital foráneo. Simplificadamente, hemos gastado (como economía) mucho más de lo que ingresábamos, y por eso nos hemos endeudado durante lustros. Y eso se debe a que la actividad económica se centraba excesivamente en la construcción en detrimento de otros bienes y servicios y a que los restantes bienes y servicios que producíamos (mayormente en sectores de bajo valor añadido) no eran competitivos frente al exterior. Esta situación de falta de competitividad, que fue compensada a base de endeudamiento hasta acabar estallando, se mantiene sustancialmente porque es enormemente complicado que un país sin soberanía monetaria, que no puede devaluar su moneda, recupere la competitividad recurriendo, como se intenta, a la llamada “devaluación interna”, consistente en reducir salarios, gasto público, etc. Lo malo es que no hay alternativas sin salir del euro, y que la salida del euro sería traumática y traería problemas nuevos y diferentes.

En esas estamos, con un Gobierno intervenido por Europa que compra tiempo a base de seguir emitiendo deuda pública, en la esperanza de que el tiempo arregle solo el problema como siempre sucedió en el pasado. Lo que pasa es que esta no es una crisis como las del pasado y la capacidad de endeudamiento no da más de sí. Hace años que debería haberse reconocido esta situación y puesto en marcha remedios acordes a la intensidad de los problemas pero se ha optado por la vía quijotesca que consiste en evadirse de la realidad. Afrontarla, en cambio, requeriría reformar radicalmente el entramado institucional vigente, incluyendo los partidos políticos, atacar decididamente la intensa corrupción, ser conscientes de que en este momento se está librando ahí fuera una tercera guerra mundial económica que estamos perdiendo de forma estrepitosa y asumir que salir de esta situación exigirá un descomunal esfuerzo colectivo al que deben contribuir más los que más tienen y mucho más los que tienen mucho más, justamente al revés de lo sucedido hasta el momento.
Pablo Arangüena
Pablo Arangüena
Licenciado en Derecho por la Univ. Coruña y MBA por el Instituto de Empresa. Técnico de comercio exterior en la Oficina Comercial de la Embajada de España en México con una beca de la Cámara de Comercio de A Coruña, Responsable internacional de Sociedad Textil Lonia. Abogado durante los últimos 9 años.